sábado, 31 de mayo de 2025

El pasajero y su historia:

Hoy, 31 de mayo de 2025, en horas de la tarde, me encontraba laborando en la parada de buses de La Palmiraña, en Palmira, Valle del Cauca. En ese momento llegó una buseta procedente de El Cerrito (Rosso), de la cual se bajaron varias personas. Ofrecimos nuestro servicio, y todos dijeron que no, excepto uno.

Este hombre indicó que necesitaba llegar al Comando de la Policía, ubicado en la calle 47. Como en ese momento era mi turno, le señalé dónde estaba mi vehículo. Caminamos juntos hasta allá, y durante el trayecto, él comenzó a hablarme con mucha tristeza.

Me dijo que le había dado todo a su mujer, que siempre fue un hombre trabajador y responsable, pero ella le había pagado mal. Lo había traicionado. Todo lo que ella decía que era trabajo, en realidad era una excusa para verse con otro hombre. A pesar del dolor y la rabia, él hablaba con respeto. Lo que más le dolía era que se había ido a escondidas, llevándose a sus hijos.

Los que estábamos allí guardamos silencio. Escuchábamos con atención, con el rostro serio, como lamentando lo que le pasaba. Luego, él y yo nos subimos a mi moto, y me pidió que lo llevara a "la SIPOL". Como no entendí muy bien el término, le pregunté a uno de los compañeros, quien me indicó que se refería al Comando de Inteligencia de la Policía.

Salimos entonces de La Palmirana, y durante el trayecto, el hombre siguió contándome su historia, ahora con más detalles.

—Amigo, perdone que lo moleste, pero necesito desahogarme. Me siento destrozado, no solo por la traición, sino porque ella se llevó a los niños. Yo no sé quién es esa persona con la que se fue. No sé si tenga malos hábitos o si pueda hacerles daño a mis hijos. Ni siquiera sé si a ella le paso algo y me vayan a culpar a mí. Uno nunca sabe.

Continuó diciendo que siempre había sido un buen hombre con ella, que nunca les faltó comida, que la trataba bien y la apoyaba en todo. Pero ella no valoró nada. Ya venía traicionándolo desde hacía tiempo, pero.

—Mire —me dijo—, ella me decía que trabajaba en la casa de don Pedro como cocinera. El martes, llegué temprano a la casa y no la encontré. Ya era bastante tarde, así que fui donde don Pedro, y él me dijo que hacía tiempo que ella no trabajaba allá. La confronté, y ¿sabe qué me dijo? Que dejara de ser tóxico. Le pedí que me explicara, que me dijera la verdad, y ella simplemente negó todo, diciendo que yo estaba imaginándome cosas.

—Al día siguiente fui a trabajar, y cuando regresé por la tarde, ya no estaba. Ni ella, ni los niños. Llevo varios días buscándola, solo quiero que me deje ver a los niños, de ella ya no quiero saber nada. ¿Sabe qué es lo peor? Que me metí a su Facebook, y la vi en el Lago Calima. O sea que ya tenía todo planeado. Pero de hoy en adelante, no vuelvo a confiar en ninguna mujer.

Hizo una pausa, respiró hondo y añadió:

—Amigo, disculpe que lo llene con mi historia, pero tenía que sacarlo. Esto me está marcando profundamente. Ella le va a causar un trauma a los niños. El mayor no es hijo mío biológico, pero lo crie desde que tenía un año, y ahora tiene tres. El más pequeño tiene uno. Yo los amo como si fueran mis hijos. ¿Usted tiene hijos? —me preguntó. Le respondí que no.

—No sabe lo hermoso que es llegar a casa y que lo reciban. El mayor gritaba “¡papá!” y el más pequeño levantaba los bracitos para que lo cargara. Eso era muy bonito. Si ella se iba a ir, al menos hubiera dejado al más pequeño. El hombre con el que se fue solo se va a aprovechar de ella, pero cuando le empiece a faltar el dinero y vea que tiene tres bocas que alimentar, la va a dejar.

—Para mí, esos dos niños son todo. Ellos me daban fuerza para seguir luchando. Pero vea, las mujeres no respetan a los hombres buenos. Esto me ha marcado para siempre.

Finalmente, me contó que ya había hecho la denuncia en la Fiscalía. Que un policía le indicó que fuera a la SIPOL, ya que allí podían rastrear el celular de ella. Me dijo que la ha llamado más de mil veces, que no es un hombre violento, y que solo quiere verla para pedirle que le deje ver a sus hijos. Que incluso le ha propuesto que se vean frente a un CAI, en un lugar seguro, pero que ella simplemente lo ignora.

Cuando llegamos al Comando, el hombre se bajó, se acercó a unos patrulleros y les explicó su situación. Al parecer, no era allí. Uno de los policías se acercó a mí y me indicó que la SIPOL quedaba en el Comando Sur de la Policía Nacional. Agradecimos a los agentes y seguimos el camino.

Antes de bajarse, el pasajero volvió a disculparse conmigo por haberme contado todo eso, pero también me agradeció por escucharlo. Luego, me pagó el servicio y yo regresé a mi lugar de trabajo.


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