Hoy, 22 de noviembre del 2025, me tocó prestar servicio de seguridad para Longo, la empresa que brinda apoyo a la aerolínea América. Pensé que sería un turno normal, pero terminó convirtiéndose en una experiencia que me hizo reflexionar más de lo esperado.
Me asignaron custodiar a un pasajero que debía ser trasladado nuevamente a su país de origen, Estados Unidos. Migración le negó la entrada a Colombia y, sinceramente, nunca me dijeron por qué. Solo recibí la orden de acompañarlo hasta que abordara el vuelo.
El hombre tenía un semblante cansado, como si la vida le hubiera caído encima de golpe. A mí no me quedó claro si era una persona educada o no; lo cierto es que, cuando alguien está en una situación tan complicada, lejos de casa, sin explicaciones y sin un trato digno, es normal que se salga de su casilla. Cualquiera lo haría. Él llevaba cuatro días en el aeropuerto, encerrado, esperando que lo enviaran de regreso, sin claridad ni respuestas.
Mientras caminábamos, me contó que no entendía la razón del rechazo. Decía que las condiciones en las que lo habían tenido eran inhumanas y que ya no quería quedarse ni un minuto más. Lo único que deseaba era regresar a su país para recuperar algo de tranquilidad.
A pesar de ser estadounidense, hablaba un español sorprendentemente bueno, y en su voz se notaba el cansancio emocional, la frustración y la resignación.
Mientras cumplía mi labor, no pude evitar pensar en lo frágiles que nos volvemos cuando estamos lejos de todo lo que conocemos, bajo reglas ajenas y decisiones que no dependen de nosotros. Un día entras a un país como turista y al siguiente estás esperando en un cuarto frío, sin saber qué será de ti.
Entre pensar y sentir comprendí algo:
que uno puede llevar uniforme, seguir órdenes y mantener la postura que exige el trabajo, pero detrás de todo eso sigue existiendo la persona que escucha, observa y guarda historias.
Hoy me llevo esta: la historia de un hombre que solo quería volver a un lugar donde pudiera respirar tranquilo. Y también la mía, la de alguien que descubrió que, incluso en un aeropuerto —un sitio lleno de partidas, llegadas y prisas—, también se viven silencios que pesan y quedan en la memoria.
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